El metal de nuestras cadenas
La codicia encadenó a Nuestra América. Tras siglos de desarrollo de nuestras poblaciones, hasta llegar a las grandes culturas andinas y mesoamericanas, asentadas sobre una base agraria con aplicaciones industriales, proyectadas a expandirse e incluir en su sistema productivo a otros pueblos, culturas que hubieran continuado normalmente su crecimiento y desarrollo dentro de un sistema económico sostenible que procuraba la interconexión, la reunión, la integración política y económica, tras todo esto, llegó el año 1492.
Una España atrasada, guerrera, totalitaria, excluyente, ambiciosa, de toda clase de individuos tras sueños propios en nombre de la Corona, desembarcó en este lado del mundo a fines del siglo 15, y al obtener conciencia casi inmediata de la abundancia de metales, apuró el paso en una colonización a la que sólo interesó la recaudación a toda costa de estas riquezas necesarias para el naciente intercambio del capitalismo europeo.
Una economía agraria y productiva, fue sustituida por una economía de saqueo, promovida y limitada por las necesidades de la metrópoli, por las contradicciones entre las potencias de la vida europea. Y así pasamos la vida, de potencia en potencia europea, y tras la traición del criollo que nos encadenó a Norteamérica, hoy, al libre comercio, seguimos atados económicamente a lo que nos dicen unos cuantos señores, que al cabo de unos años, reconocen sus errores, casualmente luego de haber empeorado nuestra situación y mejorado la de ellos.
En la extracción de los metales fue derramada la sangre de nuestros primeros habitantes, y sólo muerte nos ha traído la minería desde entonces. Toda América ha sido testigo, sigue siéndolo, de los perversos efectos de la actividad minera que aún hoy nos acompaña, haciendo víctimas a los eternamente últimos dentro de la escala social de la sociedad burguesa: indios, negros y mestizos, para satisfacer las ansias de una riqueza innecesaria de unos cuantos señores oligarcas locales, acomodados en el último espacio del escenario mundial, incapaces por vocación de desarrollar nuestra patria americana, acomplejados en busca de espejitos extranjeros a cambio de las riquezas de nuestras naciones.
Todavía hoy nos quieren tirar el mismo cuento, las empresas mineras utilizan argumentos como la posible creación de plazas de empleo y obras de infraestructura para sustentar sus proyectos ante la opinión pública, pero en realidad los trabajos son escasos (cada vez menos con el uso de nuevas tecnologías) mal remunerados y con consecuencias negativas irreversibles sobre la salud del trabajador y la comunidad en general, y las infraestructuras, sólo las necesarias para la explotación del yacimiento, si acaso algunas pequeñas obras para la comunidad que no compensan los daños producidos en términos ambientales, económicos, sociales.
Nuestras comunidades campesinas e indígenas siguen siendo las principales afectadas con el desarrollo de estos proyectos, cuando no son tomadas en cuenta a la hora de tomar decisiones, mucho menos en la repartición de beneficios, cuando son atacadas directamente en su organización comunitaria a través de procesos de titulación mal intencionados que afectan la propiedad individual y/o colectiva de sus terrenos y el subsuelo, pasando por encima de anteriores legislaciones, que a pesar de lo precarias, representaban al menos un mínimo de seguridad en las condiciones sociales y jurídicas de las comunidades, o simplemente creando legislaciones allí donde no existía regulación, sin ningún tipo de indemnización; legislaciones las cuales con mayor o menor descaro, garantizan el beneficio del más fuerte permitiendo la acción, promoviéndola, beneficiándola y haciéndola aún más rentable con exoneraciones e incentivos, junto al progresivo exterminio de nuestra gente.
Nuestro silencio es cómplice, sea consciente o no, siempre basado en un equivocado concepto de desarrollo, asimilado como propio por quienes han tenido un poco más de suerte dentro de la división social. Un concepto de desarrollo destructivo que alimenta la esperanza de las capas medias que esperan que el crecimiento se “derrame” y los alcance, como si la lógica del sistema no fuera egoísta por principio y necesidad.
La explotación minera implica graves efectos en todo el entorno natural y por supuesto, dentro de ella, el ser humano; a través del uso insostenible e irracional de tierras y aguas, la contaminación del aire, los ríos y corrientes subterráneas, la degradación de la fauna, la flora y el paisaje con los químicos altamente tóxicos (mercurio, cianuro, azufre, ácido sulfúrico) utilizados o producidos en el proceso de extracción a cielo abierto, que es la que se pretende en nuestro país, la cual necesita el movimiento de grandes extensiones de tierra a ser tratadas químicamente, de donde se obtienen los metales, pero también enormes cantidades de desechos. Es preciso recordar, que el ambiente es un sistema y la contaminación referida, entra en el proceso de intercambio afectando mucho más allá de lo que directamente se observa.
La explotación minera sigue las normas del capitalismo, hoy insoportable en su versión neoliberal: mucho para pocos, poco para muchos, crecimiento destructor de la naturaleza, la calidad de vida y los derechos humanos.
La codicia encadenó Nuestra América. Nuestro silencio mantiene y refuerza las cadenas. Rescatemos nuestros valores históricos y presentes, desarrollemos una propuesta consciente y propia, a base de estudio del pasado y la comprensión de la realidad, con valores propios acordes a nuestras necesidades y sueños.
Por un desarrollo económico dirigido al desarrollo social.
No a la minería.
Una España atrasada, guerrera, totalitaria, excluyente, ambiciosa, de toda clase de individuos tras sueños propios en nombre de la Corona, desembarcó en este lado del mundo a fines del siglo 15, y al obtener conciencia casi inmediata de la abundancia de metales, apuró el paso en una colonización a la que sólo interesó la recaudación a toda costa de estas riquezas necesarias para el naciente intercambio del capitalismo europeo.
Una economía agraria y productiva, fue sustituida por una economía de saqueo, promovida y limitada por las necesidades de la metrópoli, por las contradicciones entre las potencias de la vida europea. Y así pasamos la vida, de potencia en potencia europea, y tras la traición del criollo que nos encadenó a Norteamérica, hoy, al libre comercio, seguimos atados económicamente a lo que nos dicen unos cuantos señores, que al cabo de unos años, reconocen sus errores, casualmente luego de haber empeorado nuestra situación y mejorado la de ellos.
En la extracción de los metales fue derramada la sangre de nuestros primeros habitantes, y sólo muerte nos ha traído la minería desde entonces. Toda América ha sido testigo, sigue siéndolo, de los perversos efectos de la actividad minera que aún hoy nos acompaña, haciendo víctimas a los eternamente últimos dentro de la escala social de la sociedad burguesa: indios, negros y mestizos, para satisfacer las ansias de una riqueza innecesaria de unos cuantos señores oligarcas locales, acomodados en el último espacio del escenario mundial, incapaces por vocación de desarrollar nuestra patria americana, acomplejados en busca de espejitos extranjeros a cambio de las riquezas de nuestras naciones.
Todavía hoy nos quieren tirar el mismo cuento, las empresas mineras utilizan argumentos como la posible creación de plazas de empleo y obras de infraestructura para sustentar sus proyectos ante la opinión pública, pero en realidad los trabajos son escasos (cada vez menos con el uso de nuevas tecnologías) mal remunerados y con consecuencias negativas irreversibles sobre la salud del trabajador y la comunidad en general, y las infraestructuras, sólo las necesarias para la explotación del yacimiento, si acaso algunas pequeñas obras para la comunidad que no compensan los daños producidos en términos ambientales, económicos, sociales.
Nuestras comunidades campesinas e indígenas siguen siendo las principales afectadas con el desarrollo de estos proyectos, cuando no son tomadas en cuenta a la hora de tomar decisiones, mucho menos en la repartición de beneficios, cuando son atacadas directamente en su organización comunitaria a través de procesos de titulación mal intencionados que afectan la propiedad individual y/o colectiva de sus terrenos y el subsuelo, pasando por encima de anteriores legislaciones, que a pesar de lo precarias, representaban al menos un mínimo de seguridad en las condiciones sociales y jurídicas de las comunidades, o simplemente creando legislaciones allí donde no existía regulación, sin ningún tipo de indemnización; legislaciones las cuales con mayor o menor descaro, garantizan el beneficio del más fuerte permitiendo la acción, promoviéndola, beneficiándola y haciéndola aún más rentable con exoneraciones e incentivos, junto al progresivo exterminio de nuestra gente.
Nuestro silencio es cómplice, sea consciente o no, siempre basado en un equivocado concepto de desarrollo, asimilado como propio por quienes han tenido un poco más de suerte dentro de la división social. Un concepto de desarrollo destructivo que alimenta la esperanza de las capas medias que esperan que el crecimiento se “derrame” y los alcance, como si la lógica del sistema no fuera egoísta por principio y necesidad.
La explotación minera implica graves efectos en todo el entorno natural y por supuesto, dentro de ella, el ser humano; a través del uso insostenible e irracional de tierras y aguas, la contaminación del aire, los ríos y corrientes subterráneas, la degradación de la fauna, la flora y el paisaje con los químicos altamente tóxicos (mercurio, cianuro, azufre, ácido sulfúrico) utilizados o producidos en el proceso de extracción a cielo abierto, que es la que se pretende en nuestro país, la cual necesita el movimiento de grandes extensiones de tierra a ser tratadas químicamente, de donde se obtienen los metales, pero también enormes cantidades de desechos. Es preciso recordar, que el ambiente es un sistema y la contaminación referida, entra en el proceso de intercambio afectando mucho más allá de lo que directamente se observa.
La explotación minera sigue las normas del capitalismo, hoy insoportable en su versión neoliberal: mucho para pocos, poco para muchos, crecimiento destructor de la naturaleza, la calidad de vida y los derechos humanos.
La codicia encadenó Nuestra América. Nuestro silencio mantiene y refuerza las cadenas. Rescatemos nuestros valores históricos y presentes, desarrollemos una propuesta consciente y propia, a base de estudio del pasado y la comprensión de la realidad, con valores propios acordes a nuestras necesidades y sueños.
Por un desarrollo económico dirigido al desarrollo social.
No a la minería.

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